EL NEGOCIO DE LA COMIDA



Roberto Melo

C.S.C.

 

El plato de comida que llega a nuestras mesas, a veces lo desechamos, lo desperdiciamos, lo votamos sin saber que hay mucha gente que lo necesita.

 

Para que esa comida llegue a nuestra casa ha sufrido varios procesos, la producción en manos de los campesinos que la cultivan, la cosechan y la venden a esos intermediarios que comienzan a verle rentabilidad cuando la llevan a las grandes empresas que manejan el capital. Estas empresas son las que nos venden el producto final después de haber sido producido, transformada y distribuido para el consumo final, e inclusive alimentos que podríamos preparar con nuestros conocimientos gastronómicos, ya vienen etiquetados en recetas para su preparación.

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En Colombia estos productos alimentarios han sido producidos con alto costo de insumos agrarios, para ser vendidos a pérdida, por la importación de alimentos de otros países que tienen mejores subsidios y ahora respaldados por los Tratados de Libre Comercio que ha firmado nuestro país. A esto se le agrega factores negativos como: el desplazamiento y el despojo de campesinos, baja inversión en el campo, entrega de territorios para las transnacionales, campesinos sin tierra, sin inversión social, una política agraria equivocada fueron causales del pasado paro agrario y popular y que estamos a la espera de una reforma agraria para solventar esta problemática de hace muchos años.

 

Pero es impresionante encontrarnos con un modelo agrícola que básicamente responde a los intereses de las empresas privadas. La alimentación ya no es un derecho garantizado ante el creciente monopolio agroalimentario que están en unas pocas transnacionales, Carrefour, al Campo, el Corte Inglés, Mercadona, Eroski., son algunas empresas de las que controlan cada uno de los tramos de la cadena alimentaria, desde la producción en origen pasando por la transformación hasta la distribución final, consiguiendo enormes beneficios gracias a un modelo agroindustrial liberalizado y desregularizado.

 

Se trata de un monopolio que les permite ejercer un fuerte control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede, cómo ha sido elaborado, a la vez que cuentan con el apoyo explícito de gobiernos e instituciones internacionales que anteponen los beneficios de estas empresas a las necesidades alimentarias de las personas y el respeto al medio ambiente. Esta concentración empresarial ejerce un impacto muy negativo en todos los actores que participan a lo largo de la cadena: campesinado, transformadores, proveedores, trabajadores, consumidores, etc.

 

Paradójicamente estamos viendo un modelo agrícola y alimentario generador de hambre en un mundo de abundancia, un modelo que acaba con el campesinado, un modelo de alimentos que provienen de grandes distancias a nuestros platos, no permitiendo consumir el mismo producto con lo nuestro, lo autóctono, lo local.

 

Actualmente existe una grave crisis alimentaria, la cifra de hambrientos a escala mundial suma 925 millones de personas, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), 75 más que antes de que empezara la crisis. Nunca en la historia se habían producido tantos alimentos como ahora. Por lo tanto, el problema no está en la producción de comida, sino en el acceso a la misma, debido a que amplias capas de la población, especialmente en los países Latinoamericanos, no pueden pagar los precios establecidos que de por sí son caros, fruto de la especulación en las bolsas financieras internacionales.

Sin título

 

Y es que no solo la comida se ha convertido en un bien al servicio del capital, los recursos naturales que garantizan la producción de alimentos, como el agua, las semillas, la tierra que durante siglo habían pertenecido a las comunidades han sido también privatizados. Esto impide el libre acceso de los pueblos a la producción y al consumo de alimentos. El derecho a la alimentación está hoy en manos de las multinacionales de la industria agroalimentaria. Trabajar la tierra, plantar las semillas, acceder al agua, comer alimentos libres de transgénicos y sin pesticidas, no es hoy una opción al alcance de campesinos y consumidores.

 

Es imprescindible reivindicar nuestro derecho a la soberanía alimentaria: que los pueblos puedan decidir sus políticas agrícolas y de alimentación, que puedan proteger y  regular la producción y el comercio agrícola interior con el objetivo de conseguir un desarrollo sostenible y garantizar la seguridad alimentaria. Las políticas públicas tienen que promover una agricultura autóctona, sostenible, orgánica, libre de transgénicos y para aquellos productos que no se cultiven en el ámbito local utilizar instrumentos de comercio justo a escala internacional. Un cambio de paradigma en la producción, distribución y consumo de alimentos solo será posible en un marco más amplio de transformación política, económica y social y la creación de alianzas entre campesinos, trabajadores, mujeres, indígenas, jóvenes., es una condición indispensable para avanzar en esta dirección.

 

Es necesario seguir contemplando que existen alternativas para el cambio del modelo agrícola que tenemos en Colombia. Más allá de los cambios individuales en nuestro consumo, es fundamental nuestra participación colectiva, tener perspectiva política para un desarrollo agrícola,  fruto de esa acción colectiva que nos invita a luchar, movilizarnos, saliendo a la calle para combatir nuestro escepticismo, nuestra resignación que en momentos nos hace creer que hemos perdido antes de comenzar, y eso es lo que quiere el sistema imperante en nuestro país, tener un consumismo compulsivo y masivo para continuar funcionando a sus intereses financieros.

 

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