“NO VIVIMOS DEL AGRO, VIVIMOS DE MILAGRO”

 

Diego Jaramillo Salgado

Cada quien hace sus balances sobre lo que fue el paro agropecuario. Múltiples son sus resultados. Lo cierto es que nadie se esperaba que un movimiento campesino disperso y sin organizaciones fuertes en el nivel nacional colocara en la cima los problemas por los que pasa el campo. Los más de cinco millones de desplazados no lo habían logrado. Tampoco la cifra superior a cuatro millones de hectáreas que se calcula fue la desposesión hecha por los paramilitares. Mucho menos la publicidad que han tenido los TLC en las que se advertía lo que se agregaría a los problemas estructurales del campo. Ni la restitución de tierras en curso. Mucho menos el medio año de discusiones en la Habana sobre el problema de tierras.

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Lejos, igualmente, se estaba de prever el respaldo que encontraría en las ciudades. Los cacerolazos mostraron algo relativamente inédito en las luchas sociales del país. Es innegable que se aproxima a lo que en Europa, Estados Unidos, países árabes y, hace poco, en Brasil se ha denominado movimientos de los indignados. Quizá aproximándose en el cuestionamiento que se hace al neoliberalismo o al privilegio del mercado y de las mercancías por encima de los seres humanos, la naturaleza y la humanidad.

Quedó claro que el problema agrario es de fondo; es decir, estructural. Que la deuda histórica con el campo es gigante. Que los políticos, los partidos Liberal y Conservador, los gobiernos y la elite económica del país no han hecho más que lucrarse con el campo dejando al campesino abandonado a su propia suerte. Lo peor, desmantelando el campo y entregándoselo a las grandes empresas transnacionales, como sucede con la minería y con muchos otros sectores de la economía. Situación que se agudiza y se profundizará con los TLC, como lo demostraron los campesinos y campesinas en sus movilizaciones.

La población seguramente no salió del asombro al constatar la pobreza que se vive en el campo colombiano. Con mayor razón, al tener una evidencia de que si no hay soluciones estructurales se ampliará y la miseria será mayor. El movimiento posibilitó que las montañas y los ríos, el aire y el fuego no sean más los únicos testigos de lo que le pase al poblador del campo. Es posible que el torrente de inconformidad crezca hasta revertir la consigna de que campesinos y campesinas, e indígenas no viven del agro sino de milagro. Al contrario, que los pobladores del campo y de la ciudad vivamos de lo que nuestra exuberante geografía permite producir con lo nuestro y por los nuestros.

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