LA IGLESIA GUADALUPANA DE ECUADOR A LA OPINIÓN PÚBLICA COLOMBIANA

 
Con tristeza seguimos viendo a través de los medios de comunicación, cómo  se desangra al pueblo campesino, afro e indígena en Colombia por parte de la fuerza pública. Seguir callados es ponerse del lado de quienes generan muerte y temor.
Colombia vive una situación de guerra que traspasa la frontera y donde los vecinos también nos vemos afectados. El reclamo va más allá del apoyo al paro agrario. Sin justicia  nunca se va a dar la Paz con Dignidad que los millones de colombianos anhelan. Sentimos el dolor del pueblo que sale a las calles como si fuera nuestro propio pueblo; los lazos ancestrales de pueblos hermanos nos comprometen, más aún por nuestras convicciones de creyentes en el Dios de la Vida.
Amamos la tierra que nos da el pan comer, amamos con ternura irrenunciable las manos que lo procuran y solidariamente lo comparten, amamos la riqueza inmensa que esconden los campos, sus recursos naturales, la inmensidad del mar, la espesura de la selva,  la solidaridad de los pueblos sumándose a las marchas y los mensajes profundos de “Hay que seguir sin desfallecer” sin importar que te reseñen. El compromiso es con el hoy y el mañana de quienes vienen atrás y que también está en nuestras manos.
Nuestra Iglesia se declara independiente de quienes puedan condicionar y acallar la voz de la justicia. El ser humano y la naturaleza están por encima del capital y sus políticas de muerte. Nos sigue preocupando el pueblo colombiano sumergido en tanto fratricidio. Hermanas y hermanos colombianos golpeados por la miseria, engañados por la demagogia de ofertas incumplidas que  no hacen sino ahondar la crisis y zanjar la brecha de la opulencia de unos pocos y la miseria de las mayorías. Eso no es de Dios. Si la iglesia se sigue callando es porque perdió su voz profética de denunciar la injusticia y se ha quedado del lado del injusto opresor a cambio de unas pocas monedas o limosnas.
El llamado a defender la vida se hace urgente, un asunto de creyentes y no creyentes en donde las políticas del modelo asesinan para dejar el camino llano al despojo y al saqueo de los recursos a manos de unos pocos.
Vemos la violación constante a los derechos más elementales del ser humano por parte del Estado colombiano, son miles de voces que se han levantado nuevamente en este paro agrario, sin embargo, al nuevo faraón, no le hace mella el dolor del pueblo. Cientos de detenidos por hacer uso de su derecho a la expresión en las calles, por sentirse libres y promulgar la Paz con Justicia y Dignidad.
Nos sumamos al llamado del Papa Francisco y el  mundo por la Paz en Colombia; seguimos viendo diálogos de paz con condicionamientos a intereses creados de las partes dejando a un lado la voz y el sentir de las mayorías. Unos pocos no pueden decidir sobre el futuro de los millones de colombianos. No hay voluntad política para demostrar seriedad en el cambio profundo que esperan los colombianos. Qué diálogo se puede esperar si salen a reprimir el justo reclamo de los campesinos, afros e indígenas que creyeron en promesas incumplidas hasta el momento.
Hay que mantener la esperanza, el diálogo serio de un proceso de paz en la que todos y todas se puedan manifestar como hermanos de un mismo pueblo, hijos de una misma tierra y de un mismo Dios.
Rechazamos todo acto de violencia venga de donde venga, no se justifica la provocación y menos la represión a la que se somete al pueblo. Denunciamos el abuso de poder, el atropello a los estudiantes en las manifestaciones pacíficas, las detenciones arbitrarias, como la del turista chileno, residente en Ecuador: Manuel Castro Astorga y la de tantos más. Señores del gobierno colombiano les preguntamos: ¿a dónde están nuestros ecuatorianos desaparecidos por el conflicto? ¿Se va a seguir con la política de “falsos positivos”?
Las Iglesias católicas y cristianas siguen callando su voz ante tanto atropello. La crisis del conflicto golpea nuestra puerta, por eso nos declaramos como una fuerza o movimiento de frontera a favor de la paz. Nos preocupa la realidad social y económica en la frontera, las exigencias de los TLC y las repercusiones  que destruyen el tejido social de nuestros pueblos. Nos preocupa el clima de inseguridad contra la población vulnerable, los abusos de la fuerza y los cargos o reseñas de las detenciones en las que ni los detenidos ni las familias saben los cargos que sustenten las acusaciones.
La violación a los derechos ciudadanos en el paro agrario afectan la misma dignidad humana. Por eso, las iglesias tienen que volver a asumir el rol de la voz que resuena en el desierto, seguir hablando con los que se les sigue negando su derecho de expresión, ponerse al lado de los más débiles y denunciar las injusticias que el Estado sigue cometiendo. Si hay obispos que siguen bendiciendo las armas conque reprimen al pueblo, les digo, sin miedo a equivocarme, que : El Dios de la Vida camina con el pueblo oprimido y nunca ha dejado de ser compañero.
A la distancia, muy cercanos en sus esfuerzos por construir la nueva patria.
Enviamos nuestras más profundas bendiciones para que no decaigan en la lucha. La sangre del justo Abel y el grito de justicia retumben  en los oídos de sus asesinos.
Con ternura y afecto de creyente:
+Mauricio
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